Entrevista a José Miguel Pueyo acerca de la histeria
Mònica Fernàndez:
¿Desde cuándo se conoce la
histeria?
J.
Pueyo: La
primera teoría acerca de esta antiquísima neurosis se recoge en los papiros
médicos egipcios, con lo cual estamos hablando de 3.000 años antes de Cristo.
M.
Fernàndez:
¿Qué dice esa teoría?
J. Pueyo: Los médicos del país de
las pirámides creían que la histeria era un trastorno autotoxémico y visceral.
Lo primero significa que la sangre menstrual, si está retenida en el cuerpo
durante más tiempo del que es habitual, provoca síntomas histéricos; y en
cuanto a la creencia visceral, que el deambular del útero por el interior del
cuerpo daba lugar asimismo a muchos padecimientos de la mujer. Curioso aunque
no por eso menos cierto, y todo en el registro de la materialidad médica: la
sangre menstrual putrefacta por la retención (concepción- autotoxémica de los
líquidos corporales) y las migraciones del útero (concepción de los sólidos)
eran las dos únicas causas de los síntomas histéricos, causas, como se puede
advertir, que inauguran una disparatada idea sobre la genitalidad de la mujer.
M.
Fernàndez:
¿Sólo la sufrían las mujeres?
J. Pueyo: En los papiros médicos del antiguo Egipto
sólo hay datos sobre mujeres histéricas. Pero existen otros documentos, en
concreto una narración literaria, un cuento sobre un faraón que, enfadado, tiró
una lanza al Nilo (considerado un Dios) y se quedó ciego. Así quedó recogido, y
la ceguera del rey de Egipto podría ser entonces considera psicógena y, por
ende, se podría afirmar que el faraón padecía un síntoma histérico.
M.
Fernàndez:
¿Qué ocurre después de los egipcios?
J. Pueyo: Algo igualmente singular,
como es que su teoría, ese pensamiento médico-racionalista acerca de las causas
de los síntomas histéricos se mantiene sin apenas modificaciones hasta el siglo
XVIII. Hipócrates, el considerado unánimemente como el «padre de la medicina
racional», copió el saber de los médicos egipcios. La teoría de la histeria es
sin duda la más importante, ya que todas las dolencias internas se consideraban
autotoxémicas. Unos y otros veían al cuerpo básica y fundamentalmente como un
aparato refinador: si las cosas «malas» quedaban retenidas en él más tiempo que
el adecuado, el resultado era la enfermedad.
M.
Fernàndez:
¿Qué remedios proponían?
J. Pueyo: Desde fumigaciones y
sondas vaginales a diuréticos y pintorescos regímenes y formas de vida.
Pensaban, en buena lógica con su equivocada teoría, que si le venía la regla,
la enferma en cuestión sanaba.
M. Fernàndez: Su libro (La histeria. Del discurso del amo al discurso del psicoanalista) trata de...
J. Pueyo: De cómo la histérica ha
«dominado» a los «amos» (médicos, filósofos y teólogos que idearon
explicaciones a este trastorno) desde la primera concepción hasta el
descubrimiento de Freud. Los médicos de todas las épocas fueron incapaces de
decir algo cierto acerca de la histeria, y en cuanto a los sacerdotes..., casi
todas las santas y místicas padecían síntomas histéricos. Estos últimos
recurrieron al demonio para explicar los síntomas histéricos. El sujeto
histérico no sólo les hizo trabajar (la histérica pone a trabajar a los amos),
sino delirar, ya que buena parte de su saber se debe a ella y, por otra parte,
la impotencia de los procedimientos terapéuticos al uso consolidó más si cabe
el «discurso del amo», los discursos de dominio. El descubrimiento freudiano,
el sujeto determinado por el inconsciente, dio lugar a un giro radical en el
tratamiento y con ello una vida más digna para el sujeto que estaba allí desde
siempre y que hasta Freud los sabios habían reducido a la conciencia.
M.
Fernàndez:
¿Qué hizo Freud?
J. Pueyo: Freud, en primer lugar,
dejó hablar a la histérica; antes de él sólo hablaba el médico, el teólogo...
Freud, además, rompe con la metodología médica. Fue al Colegio de Médicos a
presentar un estudio sobre la histeria en el hombre y un catedrático le
reprochó que «aquella enfermedad sólo la padecían las mujeres, ya que la
palabra que le daba nombre procedía de hystera, útero.» Freud no volvió nunca a
aquella institución, pues es claro que nada le tenían que enseñar y sólo
perjuicios podía conseguir al codearse con los que habían sido sus profesores
en la Facultad.
M.
Fernàndez:
¿Qué tratamiento propuso?
J. Pueyo: Los síntomas no son un
buen índice para saber algo de las afecciones psíquicas. Una persona puede
presentar síntomas histéricos sin por ello ser histérico. Su estructura puede
ser otra, obsesiva, esto es, también neurótica, o bien psicótica o perversa...
Se trata pues, y esto es fundamental para el tratamiento, de discriminar la
estructura a la que pertenecen los síntomas... y siempre de desalojar al sujeto
del goce mortificante.
M.
Fernàndez:
¿Me lo explica?
J. Pueyo: La muerte constituye una
forma de goce. Es algo contrario al deseo. El mundo tiene en el deseo su causa.
Y el sujeto histérico nos ha enseñado que el deseo vive de la insatisfacción,
que nunca se puede hallar el objeto que causa el deseo. De ahí que, en la
normalidad, uno siga, pese a todo, haciendo cosas. Ocurre que la histérica se
obstina por alcanzar ese más allá, ese inalcanzable por perdido que es la causa
del deseo, y ante la decepción estructural no duda en colocarse ella misma en
el lugar del objeto del deseo del Otro.
La Vanguardia. Entrevista de Mònica Fernàndez a José Miguel Pueyo